Durante el verano de 1940,
Alan Lomax recorrió el delta del Mississippi en busca de un músico llamado
Robert Johnson, a quien estaba muy interesado en grabar para el
Archivo de Canciones Folclóricas de la
Biblioteca del Congreso. Alan Lomax ya tenía experiencia en grabaciones de campo, pues con poco más de diecisiete años su padre, el también folclorista
John Lomax, se lo llevó como ayudante en los viajes por las prisiones de los estados sureños en los descubrieron, por ejemplo, a
Huddie Ledbetter:
Leadbelly.
Por su parte, Robert Johnson fue un tipo misterioso. Nieto de esclavos, viudo desde los dieciséis años y casado después en segundas nupcias, aficionado al blues y a la fiesta, contaban que durante un tiempo intentó ganarse la vida como músico, pero que no lograba hacerse hueco en una escena donde las
estrellas locales se llamaban
Charlie Patton o
Son House. Y dicen que, harto de aguantar burlas sobre su escasa pericia, una noche, en un cruce de caminos, invocó al diablo y entregó su alma a cambio de convertirse en el mejor
bluesman de todos los tiempos. Si lo consiguió o no es cuestión de opiniones, pero lo cierto es que en dos sesiones de 1936 y 1937 dejó grabadas
veintinueve canciones que marcaron de forma indeleble primero el blues y después el pop y el rock producido desde entonces.